CARIBE

Providencia, la isla en la que el tiempo se olvidó de pasar

AUTOR: Enrique Trheebilcock Olmos

Entre los habitantes de la isla de Providencia aún resuenan las palabras de aquel periodista británico de la BBC que pasó unos días en la isla: “In Providence every day is like a lazy sunday”. Cualquier persona que llegue al lugar entenderá los argumentos que sustentan tal afirmación.

 

Visitar la isla es como meterse en un cuento corto de mar, piratas y Dios.

 

Para empezar, hoy día es difícil encontrar un sitio donde se respire tanta virginidad en el aire. La contaminación del resto del planeta no ha alcanzado este lugar que busca protegerse de ella. Cada construcción debe respetar la arquitectura raizal de la isla y las edificaciones con más de dos pisos están prohibidas. Providencia nunca sabrá el significado de palabras tan citadinas como «trancón».

 

No es gratuita la ausencia de mundo perceptible en el ambiente pues hubo un enorme pedazo de él que no alcanzó a llegar ni a Providencia ni a Santa Catalina. Hasta hace algunas décadas el turismo supo de su existencia. Tampoco son muchos los colombianos que viajan desde el resto del país hasta este lugar, o al menos no son más que los extranjeros que sí lo hacen.

 

Por las playas de la isla son más comunes los bañistas rubios de piel tostada cuyo idioma incomprensible delata otro continente, que los acentos del interior cargados con dos o tres bolsas repletas de chocolates y perfumes, pan de cada día en las calles de la zona comercial de la vecina San Andrés.

 

Quizá sea el acceso a la isla que actúa como filtro protector. Hay solo dos formas de llegar hasta ella; por aire y por mar pero ambas obligan al paso por la vecina San Andrés. La mayoría de personas escoge volar.

 

Las avionetas tardan menos de media hora entre la una y la otra. Por su parte, el recorrido de los 90 kilómetros entre ambas islas por mar tarda aproximadamente 3 horas hacia Providencia y 2 de regreso, viajando en catamarán.

El trayecto de ida implica enfrentar la dirección de las olas, mientras que para el de regreso solo hay que navegar junto a ellas.

 

El paisaje local combina elementos tan disímiles entre sí que es difícil encontrarlos juntos en otro lado de la geografía nacional. La imponencia de sus montañas es comparable con el relieve de los cerros bogotanos pero el paisaje visto al recorrer la carretera que bordea la isla es similar al que se aprecia por las carreteras de la sabana cordobesa, con alguna que otra vivienda asomándose en medio de un amplio verde callado.

 

Hay construcciones a medio hacer, entregadas a la maleza, que hacen pensar que en esos lotes el tiempo dejó de pasar hace varios años.

 

Sus aguas y arenas son diferentes a las de San Andrés pues se trata de una isla rica tanto en manglares como en roca mineral. Al navegar en lancha hasta el vecino Cayo Cangrejo se encuentra un mar de baja profundidad con pretensiones de piscina. Al subir hasta el mirador en la cima del cayo, el azul de las aguas hace complicado distinguir el horizonte que le separa del cielo.

 

 

A grandes rasgos, Providencia es una versión más comprimida y pura de San Andrés; los mismos elementos están presentes pero con mayor intensidad. Se nota en su gente, música, gastronomía y cultura. Las islas saben a pie de limón, a helado de maíz, a empanada de crabfish, y también a las carnes sazonadas de pescados, langostas, caracoles, camarones entre otros mariscos.

 

En Providencia los niños aprenden desde muy pequeños a leer, a escribir y a pescar. Se les ve improvisando señuelos con botellas de plástico cerradas e hilo nylon. Así crecen jugando con el mar. La población resembla una gran familia producto de la mezcla entre colonos ingleses y esclavos africanos. Apellidos como Livingston, Taylor, Howard o Hooker dan cuenta de ello.

 

En estos 17 kilómetros cuadrados es imposible salir de la casa y no encontrarse por lo menos una cara familiar. Sin embargo, nadie se queda fuera de su casa pues aunque no haya transporte público siempre pasará un conocido en moto, a quien pedirle ayuda, por la única carretera de la isla. Son algo más de 5000 almas viviendo a 775 kilómetros de las costas de su patria mientras el mar permanece impávido definiendo sus vidas, generación tras generación.

 

Junto a Providencia está su hermana Santa Catalina. Esta última es tan fotogénica que cualquier disparo accidental hecho en ella da origen a una postal; es el sueño de todo fotógrafo hecho isla. El malecón de Santa Catalina jamás sabrá qué es un paradero de bus porque en su lugar está repleto de muelles que dan salida directa al Caribe a las viviendas de sus residentes.

 

Al final del camino peatonal se llega a la estatua de la virgen que parece proteger todo el archipiélago. El silencio reinante en el ambiente solo cede ante el sonido de la brisa y las olas del mar que permanece impávido ante la presencia de su santa patrona.

 

Al salir de Providencia y Santa Catalina es necesario volver a pasar por San Andrés antes de regresar al mundo donde el transmilenio y los trancones son la cruda realidad de los mortales. Afortunadamente es así pues hacer la transición de forma abrupta no debe ser bueno para la salud mental de nadie.

 

 

Cuando haya regresado a su lugar de origen notará que el mundo siguió andando sin usted. Que la gente en redes sociales se indignó por el escándalo de turno y los periódicos tuvieron noticias para todos los días.

 

En ese momento muy seguramente se cuestionará si lo que acaba de archivar en su recuerdo fue real o si se lo soñó. Entonces serán las fotos de su celular las que le confirmen que no fue un sueño, que los atardeceres en South West Bay y las noches en el lover´s bridge fueron reales y que la isla de Providencia en verdad existe.

 

Enrique Trheebilcock Olmos

Enrique Trheebilcock Olmos

Comunicador social, periodista y viajero. Como el mismo lo indica en su Twitter, anda por la vida buscando historias para contar, bien sea desde el periodismo o desde la dramaturgia y se dedica a contarlas como él las ve. Cree que la mejor forma de conocerlo es leyendo lo que escribe.

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