CARIBE

Bomba, tierra de relatos

AUTOR: Linda Esperanza Aragón

En su tierra se quedan registradas las huellas de los caminantes, taburetes, caballos, cerdos, gallinas y del viento. Bomba, Magdalena no está adoquinada completamente. La tierra que queda es un patrimonio inconmensurable. Cuando se camina, los pies quedan empolvados, por eso es una costumbre sacudirse a la hora de acostarse a dormir.

Hombre en burro en Bomba Magdalena
Las historias se llevan en la punta de la lengua cuando se regresa a casa.

Bomba tiene 1.500 habitantes aproximadamente. La mayoría de los hombres se dedica a pescar, ordeñar, jardear, cortar pasto y leña. Solo un pequeño grupo se sustenta a través del mototaxismo y del manejo de transportes acuáticos: botes y lanchas, los medios de movilización más comunes en esta región. Gran parte de las mujeres se dedica a su hogar y a lavar en la ciénaga.

Mujeres saliendo la Ciénaga de Zapayán
La ciénaga de Zapayán es un escenario en el que confluyen los habitantes de Bomba para, además de bañarse, contarse historias.

Unas cuantas familias optan por forjar cantinas, tiendas de abastos, queseras y panaderías. Las tiendas son un lugar para enterarse de la vida del otro. Las tenderas saben todo lo que pasa en el corregimiento, y son las clientas quienes les informan. El cuento, chisme o rumor viaja entre las personas, y los desinformados se ponen al día.

Asimismo, los señores que matan reces y puercos van de casa en casa para dar la noticia. Acercarse al cliente resulta más efectivo:

¡Hombe, primo! ¿Cómo va la vaina?
—Estamos vivos. Eso es lo importante.
—Oiga, mañana voy a matá un cerdo bonito. Lo alimenté con puro afrecho. Está bello.
—Déjeme una masa magra.

El saludo no varía. En el lugar que sea siempre se inicia una conversación hablando de la vaina. No importa si han pasado días, semanas, meses o años sin verse, puesto que siempre se pregunta por «cómo va la vaina» en vez de «cómo va la vida».

Naturaleza de Bomba
La frescura del campo, el silencio, el azul y los vientos puros invitan a gozar de la naturaleza.

Cuando ocurren peleas en las calles, unos se asoman por las ventanas, otros se sientan en los bordillos de las terrazas y algunos se quedan de pie.

De alguna u otra manera esto genera encuentros sin planificación previa y posibilita el que lo ocurrido vaya de boca en boca, de esquina a esquina, de tienda en tienda y, hasta de lavandera en lavandera; sí, pues las lavanderas se reúnen todos los días a lavar en la ciénaga, y es allí donde comentan todo lo que surge en el pueblo. Es que fregar no solo es sinónimo de enjabonar y despercudir, también lo es de charlar y estar al día.

Mujer lavando ropa en la Ciénaga
Lavar es una costumbre ancestral que se nutre de las historias de las lavanderas.

A las mujeres que se sientan en la terraza a criticar la vida ajena se les llama “alegra calles”, son las hablan de lo que ven hasta de lo que aún no ha pasado:

—Mira cómo anda fulana.
—Mira la blusa que lleva.
—Ese pantalón se lo pone a cada rato. No aguanta otra ‘postura’ de lo viejo que se ve.

En las plazas, playones, patios, tiendas, esquinas y calles se dan los encuentros. Incluso los propios habitantes construyen, a través del tiempo, sus propios espacios colectivos, a los cuales llegan día a día sin necesidad de hacer una invitación oficial.

De una esquina a otra se vociferan anécdotas, y este acto despierta interés en los caminantes, haciendo que se dé una reciprocidad inmediata: un tema trivial puede despertar la atención de aquellos que van pasando y presienten la comunicación que fluye de un pretil a otro.

Habitantes de Bomba, Magdalena
Sin hacerse una invitación oficial, la gente se encuentra y entablan una conversación en los pretiles, esquinas, terrazas y patios.

Una tertulia puede comenzar apenas con dos personas, y poco a poco va llegando el resto. En el trascurso de la plática no es necesario explicarles de qué se está hablando, pues con miradas simples o la mera mención de una palabra, es suficiente para que se articulen al tema de conversación puesto en escena. Y esto ocurre porque las temáticas tratan de lo ordinario, de la vida de los mismos y de lo que se evidencia.

Los meses más alegres son mayo (que es la celebración de las fiestas patronales en honor a Santa Rita de Casia) y diciembre (tiempo de vacaciones y Navidad).

Musicos en las fiestas patronales
Es infaltable una buena papayera en las fiestas patronales de mayo. La música es el aroma de la alegría en esa celebración.

Los que se han ido a la metrópolis, regresan para compartir estas fechas en familia. Si hay bastante personal, nadie duerme en la calle. Cuando una casa se cierra, se convierte en un solo cuarto.

Aquellos que vienen de la ciudad son perfectamente observados por los bomberos; no se escapa ningún detalle, sobre todo si se trata del aspecto físico, no falta esa persona que dice sin inhibiciones:

—Ve, tú sí has venío blanco y gordo. La ciudad te convino.

Claro, en algunas ocasiones las críticas no son tan favorables; bombero que se respete dice las cosas sin maquillarlas:

—Oye, te veo escuálido y quemao. Te hace falta comer buena yuca con arenca.

Pescador artesanal de Bomba
Antes de irse a pescar, el hombre atienda la hermosura del amanecer.

Todo aquel que desee engordar con todas las de la ley debe comer la arenca, un pescado típico de la región apetecido por la mayoría de los habitantes y que se vende también en los mercados de Calamar (Bolívar), Barranquilla (Atlántico),Santa Marta (Magdalena), entre otros.

Los mejores acompañantes de este pez son la yuca, el arroz blanco, el guineo verde cocido, el bollo de yuca y el bollo limpio. Una cuna de las arencas es la ciénaga de Zapayán, un escenario encantador: todo aquel que visita Bomba no se va sin haberse dado un chapuzón.

Arreglando los pescados
Todas las mañanas las mujeres esperan a los pescadores para comprarles arencas y así completar el desayuno.

Bomba es ardiente, y en las casas no pueden faltar cartoncitos para aliviar el fogaje. Tampoco puede faltar la leña, pues las mejores comidas se hacen en el fogón. Los platos no tienen comparación: ningún restaurante citadino supera las delicias que llevan impregnadas ese humito sagrado de la hornilla.

Casas de Bomba Magdalena
Un puñado de casas y la cercanía de la ciénaga son el alma del devenir de los bomberos.

Tanto en la cocina como en el baile hay sabrosura. Recuerdo el picó El Pescador, que era de mi abuela Andrea. Las noches de los 80 y 90 eran de pura rumba; en esos años bailaban hasta el cansancio la canción Sopas de caracol, de la agrupación musical hondureña Banda Blanca; y la terapia africana El giovanni. Niños, jóvenes y adultos se juntaban y armaban sus coreografías y se reían de los pases que inventaban.

Atardecer en Bomba
El ocaso sorprende a quienes se sumergen en el puerto de Bomba.

Nadie se queja cuando se cierra una calle exclusivamente para parrandear; tampoco sorprende que haya cantinas con nombres como El Bombazo, La Chuela y El Leñazo, ya que son parte de la jerga de la población.

Hombre sobre caballo
El campo invita a cabalgar en silencio y a admirar los hermosos parajes.

Algunos muchachos y muchachas aprovechan las fiestas de mayo y diciembre para casarse o, mejor, como dicen los bomberos: “salirse”. Las muchachas se van al baile en conjunto, y todos los que las ven pasar, las cuentan. Cuando se regresan, las vuelven a contar. Y este es el diálogo habitual que surge cuando el grupo que se fue a bailar no regresa completo:

—Las cuentas están malas.
—Una se salió por ahí con alguno. Pudo haber sido con un forastero o con un bombero.
—Esa muchacha es simpática.
—Así es. Es simpática y popular.

Ventana embarrada
Después de un torrencial aguacero el barro se convierte en mirada.

No existen tapujos para decir lo que se piensa del otro, sobre todo si se trata de mencionar los defectos. Esto se hace cara a cara, bien sea en medio de una discusión o de una ‘mamadera de gallo’:

—Te pareces a una chiva entaconá.
—Qué vas a hablá, si tienes la cara como la de un cigarrón volando.
—Y tú, cara de lámpara sin gas.

En Bomba se disfruta de la vida, todos los días se juega con las figuras literarias, siempre hay historias pendientes por contar y el pasado se deja esculcar para seguir dándole camino a los recuerdos. Y aunque es una población pequeña, la hermandad es monumental, así como su suelo, cielo y ciénaga.

Garza sobre canoa
La garza vigila su cuerpo de agua.

Por último, quiero hacerles una aclaración: cuando escuchen a alguien decir: ¡ahí vienen los bomberos!, no vayan a creer que son los que apagan la candela, son los bomberos que están hechos de relatos y los que siempre regresan a su pueblo.

 

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Linda Esperanza Aragón

Linda Esperanza Aragón

Cuento historias con la fotografía y las letras porque me permiten forjar diálogos más cercanos con distintas comunidades para narrar su cotidianidad y tejer sociedad. Viajar revitaliza mi andar y nutre lo que me falta por contar. He extraviado maletas y el miedo a lanzarme al vacío.

Soy cofundadora de la revista PalaBrotas y conductora del Proyecto MagdaleNarra, conoce más de mi proyecto en Instagram: @magdalenarra
Facebook: MagdaleNarra y magdalenarra.blogspot.com.co

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