Laguna del Telpis, Nariño | Travelgrafía

MONTAñAS

Laguna del Telpis, Nariño

AUTOR: Juan Moncayo

 

Volví a vivir en Pasto desde el 2016. Desde ese momento, me propuse recorrer mi departamento para conocer esos lugares que me han rodeado durante tanto tiempo. Quiero ver qué hay atrás de nuestras carreteras principales, los paisajes detrás de nuestros paisajes, los destinos no marcados como destinos y esa naturaleza que siempre ha sido nuestra.

 

Uno de los lugares que he visitado es la Laguna de Telpis, precioso páramo a más o menos 3.000 m.s.n.m que hace parte del Parque Natural Galeras. Para llegar es necesario primero ir a Yacuanquer, municipio de Nariño ubicado a unos 30 minutos de Pasto. Desde ahí se va hasta la vereda de San Felipe, se puede llegar en un carro particular; no es necesario ir en camioneta pues la vía está en muy buen estado. Es fácil encontrar parqueadero, los habitantes del sector ofrecen el servicio en los patios de sus casas, así que no hay que preocuparse por eso. Y bien, empieza la caminata.

 

 

Para empezar, el ascenso al Telpis es senderismo «duro»; no hay que ser deportista de alto rendimiento para lograrlo ni mucho menos –cualquiera lo puede hacer–, pero hay que tener claras las características del recorrido (no querrás ir con la ropa inadecuada ni con alguien que se queje todo el tiempo por tener que caminar tanto). No es necesario ir con un guía, en San Felipe ofrecen ese servicio, pero si prefieres ir a tu ritmo no lo vas a necesitar.

 

 

 

El clima es lo que se puede esperar de un páramo: frío, viento intenso, alta probabilidad de lluvia y un paisaje sobrecogedor que compensa exponencialmente el esfuerzo requerido para llegar. Con el grupo que subí nos tardamos unas cuatro horas ascendiendo y tres en el descenso, todos en mal estado físico pero con ganas. Seguramente es posible hacerlo en menos tiempo, nosotros subimos sin prisa –no es como si hubiésemos podido hacerlo más rápido–, pero según el guía de Parques Naturales, él sube en una hora y media, cosa que nos pareció cuestionable pero, en últimas, posible.

 

 

La primera parte del recorrido es un camino tranquilo, se va subiendo poco a poco siguiendo el rastro de un río, una vegetación llena de eucaliptos, pinos y especies nativas. Poco a poco el árboles altos van quedando atrás, el ascenso se vuelve más empinado, la vegetación más densa y el terreno más difícil.

 

 

Después de unas dos horas y media caminando llegamos a la cabaña del guía del parque, ahí nos dio una explicación sobre la importancia de los páramos, algo de historia de la laguna, pudimos recargar el agua, ir al baño, descansar y tomar un poco de aire para continuar con el camino.

 

 

Después de la cabaña la subida es más intensa, los pulmones empiezan a sentir la altura y las piernas te reclaman la falta de ejercicio. La vegetación, como mencionaba, es muy densa, una especie de selva húmeda, mucha neblina y afortunadamente la lluvia que nos tocó fue suave.

 

Poco a poco el paisaje va cambiando, se vuelven a ver espacios abiertos y llega la intuición de que estás a punto de llegar. Aparece un frailejón, lo celebras porque sabes la importancia que tiene para nuestro ecosistema, sigues subiendo y ya no ves uno, ves miles de ellos cubriendo la montaña.

 

 

En ese punto uno entiende porque le llaman Santuario, palabra ambigua y generalmente mal usada, pero ahí, en ese contacto puro y espiritual con la naturaleza, con la tierra, se siente una experiencia estético-religiosa que te proyecta más allá de tu propia individualidad; no hay cansancio que pese, solo una tranquilidad y sensación de unidad cósmica cobijada por la brisa que lleva el agua y la vida que mueve la montaña.

 

 

Al poco tiempo aparece la laguna en la cima de la montaña, resguardada por los miles de frailejones que la rodean, como si fuera la fuente que mana la neblina y la fuerza que sostiene al páramo. Hay un mirador en donde se puede apreciar la vista y hasta ahí llega la caminata, por protección del ecosistema no se puede bajar a la laguna. Después de aproximadamente una hora, en donde tomamos fotos, descansamos, hablamos y comimos sánduches –mis sánduches porque a nadie más se lo ocurrió que debía llevar comida a una caminata de 7 horas– empezamos a bajar.

 

 

 

El descenso fue más difícil que la subida, no por el tiempo, sino por el esfuerzo adicional que hacen las rodillas para sostener el peso de uno, sobre todo si no se está acostumbrado al senderismo. Después de tres horas bajando, varias caídas y con la sensación constante de estar perdidos, llegamos a la vereda de San Felipe con la satisfacción de haber visto y estado un poco más allá, con nuestros cuerpos cansados pero sintiendo la vitalidad que el páramo permea en el espíritu.

 

Juan Moncayo

Juan Moncayo

Hola. Yo soy Juan Moncayo. Trato de comprender el mundo, por eso construyo imágenes y estudio filosofía, por eso voy adonde puedo ir, por eso hablo con quien puedo hablar.