CARIBE

Chocó también tiene Atlántico

AUTOR: Daniela Jimenez López

 

Pocas cosas en el mundo me generan tanta felicidad como descubrir lo inexplorado, pocas, abren más la mente y el corazón que darse la oportunidad de subir a un avión y dejarse llevar sin pretensiones a lo desconocido.

 

 

Pocas cosas me generan una sensación de calidez tan grande como poder guardar recuerdos en papel que un día disparé con una cámara cualquiera. Me recuerdan lo vivido, me remiten a las sensaciones, a la gente, a los sabores de la comida, a los colores de los lugares.

 

 

Debo decir, muy a mi pesar, que aunque he tenido la fortuna de montarme en muchos aviones y repetir esa sensación que les acabo de describir, solo hasta hace poco, tomé la decisión de viajar más por Colombia; de viajar a lugares a los que no hubiese ido, de salirme del esquema convencional en el que la costa es Barranquilla, Santa Marta y Cartagena (aunque también valgan toda la pena), de hacer el esfuerzo de buscar otro tipo de turismo, ese menos frecuentado y más colorido, más nuevo a los ojos, a los oídos, al paladar… más sensorial que fotogénico.

 

 

 

En ese ir y venir escogí como destino el Golfo de Urabá, (Acandí, Capurganá, Sapzurro, La Miel) en la costa atlántica Chocuana, porque claro Chocó tiene atlántico, el reconocimiento en la memoria colectiva es tan poco, que la mayoría de gente que me vio de viaje me hizo comentarios como «¡Qué lindo el pacífico!» y cosas por el estilo.

 

 

 

 

Lo cierto del caso es, que ese rinconcito en la frontera con Panamá es la mezcla perfecta entre selva tropical y mar, entre humedad y brisa, entre calor y frescura, entre olas gigantes y bahías calmadas o entre aviones y casitas de colores en medio de la nada.

 

 

 

Se llega a Acandí desde Medellín, más a una casita con pista que a un aeropuerto.

 

 

Ahí gente local te ofrece transporte para desplazarte hacia dónde vayas… en una carretilla llevada por un caballo mientras moviéndonos a dos kilómetros por hora hacia el puerto del pueblo elconductor cantaba vallenatos suavecitos al tiempo que ondeaba el viento, nos pegaba la humedad en la cara y veíamos casitas de madera y gente meciéndose en los porches en sus hamacas.

 

 

 

Dejando el caballo nos subimos a una lancha que nos llevaría por el Golfo de Urabá, entre olas que chocaban contra una costa rocosa que dejaba que la espuma se mezclara con el azul turquesa del mar.

 

 

Caminamos desde un muelle pequeñito hasta nuestro hostal, entre el bosque espeso de la selva chocuana, un lugar metido en la misma que salía al otro lado del muelle a una costa entre rocas y arenas cálidas y suavecitas.

 

 

Choco tambien tiene Atlantico

 

 

Los destinos del golfo se caminan, es mágico entrar en la selva espesa muy temprano en la mañana y ver ranas, cangrejos, lagartijas de muchísimos colores, arboles de troncos grandísimos con cortezas de colores tan poco habituales como el contraste entre selva y mar azul.

 

 

 

Caminamos durante nuestros días, entre El Aguacate, Capurganá, Sapzurro y La miel.

 

 

 

Es un viaje para conectarse con la naturaleza, para ver contrastes, para bucear, caminar mucho, para comer lo típico, para leer, para desconectarse del teléfono, de las preocupaciones de la vida, para reencontrarse con la Colombia inexplorada y para poder volver y decir que Chocó también tiene atlántico.

 

Daniela Jimenez López

Daniela Jimenez López

Soy Daniela, aunque desde pequeña he sido Nani.


Manizaleña, criada en Pereira viviendo en Medellín. Arquitecta, diseñadora de interiores, ilustradora y fotógrafa frustrada. Viajera, cafeinómana y comensal profesional. Me maravilla la vida, lo cotidiano y lo simple.


Creo en la magia, en el poder incalculable de la música y en el amor como herramienta de supervivencia.


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